Descubre el misterio del espejo que devolvía otra cara, una crónica oscura de La Gaceta del Crimen donde la memoria y el secreto se reflejan sin piedad
La Gaceta del Crimen
Edición Semanal – Misterios y Sucesos Inexplicables
El espejo que devolvía otra cara
Hay objetos que no reflejan la luz, sino la costumbre. Se colocan en un pasillo, se miran por inercia, se olvida que están ahí. Hasta que un día, sin aviso y sin motivo, devuelven algo que no estaba. El caso del Espejo de la Calle Liria no comenzó con un grito ni con un cadáver, sino con una equivocación íntima y doméstica. Una mujer se miró para ajustarse el broche de la blusa y vio, en su lugar, el rostro de otra.
No era una máscara, ni un juego de sombras, ni un truco de lente. Era, según sus palabras, “una cara real, con poros, con cansancio y con una mirada que me conocía demasiado”. Parpadeó. Volvió a mirar. La cara seguía ahí, ocupando su sitio, como si llevara años viviendo en el cristal. La mujer retrocedió, llamó a su marido, y el marido vio lo que ya se estaba convirtiendo en noticia: el espejo del pasillo no reflejaba a quien lo miraba. Reflejaba a alguien más.
La policía archivó el primer aviso como alteración doméstica, posible sugestión, nervios de temporada. Pero los avisos se repitieron. Y lo hicieron con una crueldad precisa, porque el espejo no se limitaba a cambiar un rostro por otro cualquiera. Devolvía rostros con intención. Rostros que parecían elegidos. Rostros que, en algunos casos, resultaron pertenecer a personas vivas, a personas muertas y, en un caso que todavía hiela, a alguien que oficialmente nunca existió.
Esta Gaceta, que ya ha narrado carruajes sin dueño, relojes sin manecillas y perfumes imposibles, se vio obligada a tomar el tranvía de la curiosidad hasta el número 18 de la calle Liria, donde el pasillo de un tercer piso sostenía, como un altar sin velas, un espejo ovalado con marco de madera oscura. No es un espejo especialmente hermoso. No tiene filigranas de oro ni alegorías en la esquina. Lo inquietante de los objetos verdaderamente inquietantes es su modestia: parecen normales para poder acercarse sin levantar sospechas.
La casa y el pasillo donde empezó todo
La finca de la calle Liria es de esas que huelen a escalera compartida, a limpieza que se hace por turnos y a azulejo con historia. El portal, amplio, tiene un banco de madera para esperar visitas que llegan tarde. La portera, doña Pura, es un archivo ambulante. Sabe quién sube, quién baja y quién finge que no ve. La tercera planta, puerta B, pertenecía desde hacía ocho años a los Roldán, un matrimonio discreto sin hijos, con una planta de interior que sobrevivía contra todo pronóstico.
El espejo estaba colgado en el pasillo, frente a un cuadro de limones. Lo trajeron al mudarse, comprado en un mercadillo de antigüedades por capricho de la esposa, Irene. “Me gustó porque parecía de casa de abuela, pero sin tristeza”, explicó. El marco, de madera barnizada, tenía pequeñas muescas como si hubiera pasado por demasiadas mudanzas. Nadie reparó en ello. Los objetos viejos siempre traen cicatrices. La diferencia está en si las cicatrices quieren contarte algo.
La primera vez que el espejo falló, Irene estaba sola. Eran las 07:34, un martes. Se peinó, se inclinó, se miró, y el espejo le devolvió una mujer que no era ella: cara más larga, labios más finos, una marca en la ceja izquierda. Irene pensó, durante un segundo absurdo, que estaba soñando. Tocó el cristal con la yema de los dedos. La otra cara imitó el gesto, pero con un retraso mínimo, como si la imagen tuviera que decidir primero si debía obedecer.
Cuando su marido, Andrés, miró después, el espejo sí le devolvió su cara. “Por eso pensé que era estrés”, explicó él, con esa serenidad de quien no quiere que su casa sea noticia. Pero esa misma noche, al volver de trabajar, Andrés se miró para arreglarse la corbata. El espejo le devolvió un rostro distinto: un hombre mayor, con papada y una expresión de reproche. La cara no sonreía. La cara parecía esperar una disculpa.
En el edificio hay vecinos con buena memoria. Una señora del cuarto afirmó que vio a Andrés salir del ascensor pálido, como quien ha visto una mala carta en la baraja. “Me dijo que se encontraba regular. Yo le dije que comiera algo dulce”, contó. Lo dulce, ya lo sabemos, no arregla los espejos.
Los primeros testigos y la primera regla del espejo
La segunda vez que el espejo cambió para Irene, había testigos. Una amiga suya, Clara, vino a tomar café y a dejarle unas revistas. Irene la llevó al pasillo con un nervio que no le pegaba. “Mira”, le dijo, y se colocó frente al espejo. Esta vez el espejo devolvió, en lugar de Irene, a una niña de unos diez años, con trenzas, cara sucia y un diente roto. Irene no gritó. Se quedó quieta como se queda quieta una lámpara cuando se apaga la electricidad. Clara, en cambio, soltó un “madre mía” que sonó a blasfemia y a oración a la vez.
Lo más raro no fue ver una niña en lugar de una mujer adulta. Lo más raro fue que la niña, al verlas, se puso seria. Muy seria. Les hizo un gesto de silencio con el dedo en los labios. Luego levantó la mano y señaló hacia la puerta, como indicando que no debían salir del piso. En ese momento, del rellano se oyó el ascensor subir. Clara aseguró que el espejo “lo supo antes” porque la niña miró hacia el lado donde no había nada. El ascensor se detuvo en la tercera planta, alguien bajó y pasó por el pasillo comunitario. No llamó a la puerta B. Siguió hacia la A. Pero aquel instante quedó grabado con tinta de susto.
Desde esa tarde, los Roldán establecieron lo que aquí llamaremos la primera regla del espejo: el espejo no devolvía caras al azar. Devolvía caras con mensaje. Algunas parecían avisos, otras reproches, otras recordatorios. El espejo, por decirlo sin melodrama, actuaba como si tuviera opinión.
La policía se interesó cuando Irene y Andrés acudieron a comisaría con una lista de fechas y una frase repetida: “Nos devuelve otra cara”. El agente de guardia tomó nota con amabilidad y una sombra de sonrisa profesional. Un superior, al leer el parte, lo devolvió con una recomendación: “posible sugestionabilidad, referir a médico”. Lo habrían dejado ahí, si no fuera porque al tercer día una vecina, doña Pura, vio también el cambio.
La portera que lo vio todo
Doña Pura subió a casa de los Roldán con el pretexto de revisar una tubería. En realidad, subió por curiosidad. La curiosidad, en los edificios, es un servicio comunitario. Entró al piso, se quedó de pie en el pasillo y dijo: “A ver ese espejo”. Irene le pidió que se mirara. Pura se miró con la autoridad de una mujer que ha visto a medio barrio sin maquillaje. El espejo le devolvió una versión más joven de sí misma, pero no la que aparece en fotos, sino una que no existía en ningún álbum: Pura con el pelo suelto, con los ojos brillantes y con una cicatriz pequeña en el cuello que la Pura real no tenía.
La portera retrocedió y se santiguó. “Esa soy yo antes de conocer a mi marido”, murmuró. “O antes de enterrarlo”. Irene le preguntó qué quería decir. Pura tragó saliva y respondió: “Que yo estuve a punto de irme con otro y no me fui. Y el espejo me está enseñando la Pura que se iba”. La frase dejó el pasillo más estrecho. Pura, que no es mujer de dramatismos, añadió una sentencia que suena a refrán antiguo: “Los espejos no mienten. Pero a veces dicen verdades que no se han vivido”.
En ese instante, el espejo cambió otra vez, sin que nadie se moviera. La Pura joven se desvaneció y apareció un hombre con gorra, cara de hambre, ojos claros. Pura no lo reconoció. Irene tampoco. Andrés, al mirar, se puso blanco. “Ese es mi padre”, dijo, “o algo parecido”. Su padre había muerto cuando él era niño. No tenía fotos recientes. Pero la forma de la nariz, el mentón, el gesto del labio, coincidían con el recuerdo. El hombre del espejo levantó la mano y, con dos dedos, hizo un gesto de llamada. Como invitando a seguirlo.
Ahí se rompió la segunda regla, la que el matrimonio había fabricado para tranquilizarse: que el espejo sólo reaccionaba a quien se miraba. No. El espejo respondía al grupo. Como si eligiera el rostro que más dolía a la sala entera.
El mercadillo y la procedencia del objeto
En toda historia de objeto extraño, llega la pregunta inevitable: de dónde viene. El espejo se compró en el mercadillo de San Telmo a un vendedor de antigüedades conocido como El Tío Eusebio, que vende de todo y recuerda más de lo que parece. Fue difícil localizarlo, pero esta Gaceta lo encontró una mañana de sábado. El puesto tenía lámparas, cucharas de plata, relojes parados y fotografías sin marco. Al preguntarle por el espejo ovalado, Eusebio frunció el ceño como quien revisa un archivo mental con polvo.
“Ese espejo venía de un lote de una casa grande, de las afueras, donde vivía una mujer sola”, dijo. “Yo no lo quería, porque tenía el cristal raro. No roto, raro. Como si respirara. Pero la madera era buena”. Le pedimos nombre de la casa. Contestó con otra evasiva: “Una casa con naranjos. Eso hay muchas”. Insistimos. Al final dio una pista útil: en la trasera del marco había una marca a fuego con dos letras: L M. “Y un número, pero no me acuerdo. Algo como 17 o 71”.
Una marca a fuego no es prueba. Es una invitación. Los Roldán revisaron el espejo. Encontraron las letras, casi borradas. También hallaron, pegado con cola vieja, un trozo de papel con una frase escrita a lápiz: “Para ver lo que te falta”. No decía más. Ninguna fecha. Ninguna firma. Una frase que podía ser de vidente o de carpintero.
El espejo, desde entonces, dejó de ser un objeto decorativo y se convirtió en expediente. La policía, que huele el titular cuando se repite en demasiadas bocas, envió a un inspector de los que escuchan sin reír. El inspector se llamaba Calatrava. Llegó con una libreta como la mía y una forma de mirar que no concede demasiado. Se plantó frente al espejo y dijo: “Vamos a ver qué me cuenta usted”. El espejo le devolvió otra cara.
El inspector Calatrava y el rostro del culpable
Calatrava es hombre de oficio. No cree en fantasmas, pero cree en mentiras y en coincidencias. Se miró y vio, en lugar de su cara, la de un hombre con bigote recortado, ojos pequeños, sonrisa de quien no se disculpa. Calatrava lo reconoció al instante. No por fotos de familia, sino por fotos de expediente. “Ese es Soria”, dijo. Soria fue un sospechoso en un caso de desaparición de hace quince años, nunca condenado. El nombre, pronunciado en el pasillo, hizo que Irene se sentara en el suelo como si el cuerpo supiera antes que la cabeza.
El inspector pidió silencio y se acercó más. El Soria del espejo no miraba a cámara como en las fotos policiales. Miraba hacia abajo, como mirando un cuerpo en el suelo. Luego levantó la vista y sonrió con una tranquilidad asquerosa. Calatrava, que no se asusta fácil, tragó saliva. “¿Qué broma es ésta”, murmuró. Tocó el cristal. El rostro no cambió. El espejo parecía encantado de tener por fin un rostro útil.
La policía reabrió el viejo caso con la excusa de nuevas pruebas. Buscaron a Soria. No lo encontraron. Había muerto hacía cuatro años en otra provincia, según el registro. El espejo, sin embargo, lo devolvía vivo y presente, con una sonrisa que parecía reciente. La explicación racional cojeaba: si el espejo devolvía caras relacionadas con la historia personal de quien miraba, por qué devolver la cara de un sospechoso muerto a un inspector vivo. A menos que el espejo no devolviera historia personal, sino historia escondida.
Calatrava pidió al matrimonio que no hablara del espejo con nadie más. Ya era tarde. El edificio entero lo comentaba. Cuando un misterio se cuelga en un pasillo, se convierte en ascensor social.
La segunda regla: el espejo cambia cuando se miente
Durante la semana siguiente, se registraron diecisiete cambios de rostro, según la lista de Irene. La lista incluía fecha, hora, quién estaba presente y qué cara apareció. Al revisarla, Calatrava detectó un patrón. “Aquí cambia cuando alguien miente”, dijo. Irene protestó. “Yo no miento”. Calatrava la miró con paciencia: “No digo que mientas. Digo que alguien calla”.
Decidieron probarlo. Un experimento pobre, pero honesto. Irene y Andrés se colocaron frente al espejo. Calatrava les hizo preguntas simples. Nombre completo. Fecha de nacimiento. Lugar donde se conocieron. El espejo devolvió sus caras normales. Luego preguntó: “¿Quién vivía aquí antes”. Irene respondió: “No lo sé”. El espejo devolvió a la niña de las trenzas. Clara, la amiga, no estaba. Nadie la mencionó. Y, aun así, la niña volvió e hizo el gesto de silencio. Calatrava anotó. “Ahí”, dijo. “Ahí hay una mentira. O una verdad que no te permites saber”.
Andrés se puso nervioso. Irene insistió: “De verdad que no lo sé”. Calatrava preguntó: “¿Has rebuscado en el trastero”. Irene dijo: “No”. El espejo, sin transición, devolvió a Irene, pero con una cara distinta: los mismos ojos, la misma nariz, pero con una expresión ajena, más dura, más vieja. Era Irene como si hubiera vivido otra vida. La Irene del espejo frunció el ceño y negó con la cabeza, lentamente. Como diciendo: sí has rebuscado.
En ese instante se estableció la segunda regla del espejo. No cambiaba con la mentira pronunciada, sino con la mentira sostenida. Con el esfuerzo de mantenerla en pie. Con el peso que se pone en la frase para que parezca verdad.
Horas más tarde, Irene confesó. Había bajado al trastero y había encontrado una caja de cartón con papeles viejos que no eran suyos. Cartas, una fotografía rota, un recibo de una clínica. No lo contó a Andrés por miedo a que él se obsesionara. “Quería proteger la casa”, dijo. El espejo, por su parte, había decidido que la casa no se protege con silencio.
La caja del trastero y la mujer del retrato
Las cartas estaban dirigidas a una tal Leonor M. Las iniciales coincidían con la marca a fuego del espejo. Las cartas eran de un hombre que firmaba sólo con una inicial: A. Hablaban de una relación rota, de una promesa incumplida, de una visita nocturna a un pasillo. Una frase se repetía como un estribillo enfermo: “No te mires cuando no esté”. Otra carta decía: “Si te miras, te verás con mis ojos”.
La fotografía rota mostraba a una mujer joven con vestido claro, delante de un espejo ovalado idéntico al de Irene. Su cara estaba partida por la rotura, pero el ojo izquierdo se veía entero y parecía mirarte con reproche. Detrás de la foto, escrito a tinta, había una fecha: 14 de octubre de 1925. La misma fecha que esta Gaceta suele usar en sus ediciones ficticias por gusto estético. Aquí, sin embargo, aparecía como dato real, con su peso de plomo.
Calatrava mandó analizar el papel. Era viejo, sí, pero no tan viejo como 1925. Alguien había escrito esa fecha después. Como una broma. O como una clave. La clínica del recibo era real y estaba cerrada desde hace décadas. Se llamaba San Lázaro. Allí, según archivos municipales, se practicaban “tratamientos de reposo” para mujeres con crisis nerviosas. Leonor M, la dueña probable del espejo, había estado ingresada.
La historia se abría como un libro al que le faltan páginas. Y el espejo, como un lector impaciente, empezaba a devolver caras nuevas.
El espejo muestra al vivo, al muerto y al posible
En los días siguientes, el espejo devolvió tres tipos de rostros. El rostro de alguien vivo que no estaba en la casa, como si el espejo tuviera una línea directa con otras habitaciones. El rostro de alguien muerto, como el padre de Andrés o el sospechoso Soria. Y el rostro de alguien posible, como la Pura joven que nunca existió. El espejo, por tanto, no era un simple reflejo alterado. Era, si uno se atreve a decirlo, un archivo de opciones. De vidas alternativas. De versiones no vividas que, sin embargo, tenían cara.
Clara volvió a ver a la niña de trenzas. Esta vez la niña no pidió silencio. Esta vez señaló hacia el suelo, donde la moqueta del pasillo se levantaba ligeramente en una esquina. Irene levantó la moqueta. Debajo había una tapa de madera, un acceso antiguo a un hueco entre vigas. Allí encontraron una caja metálica, oxidada. Dentro, un frasco vacío y una pequeña libreta con una frase en la primera página: “Aquí guardo mi cara”.
La libreta pertenecía a Leonor. Estaba escrita con caligrafía estrecha, nerviosa. En ella, Leonor anotaba cambios de rostro en el espejo, igual que Irene, con fechas, horas y sensaciones. “Hoy me devolvió la cara de mi madre, pero con mi sonrisa. Me dijo sin hablar que yo soy su miedo”, escribió. Otra anotación: “Hoy me devolvió la cara de él, pero sin ojos. Me gustó porque por fin no me miraba”. La última entrada, abrupta: “Hoy me devolvió mi cara, pero muerta. No quiero volver a mirar”.
El espejo, entonces, parecía tener historia. Y la historia era larga y pesada. Pero faltaba el crimen, ese que da nombre a nuestra Gaceta. El crimen llegó la noche siguiente, en forma de desaparición.
La desaparición de Irene
El 22 de octubre, a las 00:11, el espejo cambió. Andrés estaba solo en casa. Irene había salido a comprar tabaco para una visita y no volvía. Andrés, nervioso, se miró al espejo por inercia. El espejo le devolvió la cara de Irene, pero con una expresión que Andrés no había visto nunca en su mujer: un miedo quieto, sostenido, como una vela que no se apaga. La Irene del espejo levantó la mano y tocó el cristal desde dentro. Luego señaló hacia la puerta. Andrés, sin pensarlo, abrió y salió al rellano.
El ascensor estaba abierto. Dentro, no había nadie. En el suelo del ascensor había un pañuelo, el mismo que Irene llevaba esa tarde. Andrés bajó a la calle y la buscó. No la encontró. Llamó a Clara. Llamó a la policía. Calatrava llegó en diez minutos. Subió al pasillo y miró el espejo. El espejo le devolvió la cara de Irene. Pero Irene estaba fuera. O no estaba.
Durante seis horas, Irene fue oficialmente desaparecida. No hubo rescate. No hubo nota. No hubo testigos. La ciudad, hambrienta de monstruos, quiso convertir el espejo en puerta. Los vecinos hablaron de portales, de reflejos que se tragan gente. Los más sensatos hablaron de secuestro. Calatrava, con su libreta, miró el espejo sin pestañear. “Si es puerta”, dijo, “me dirá por dónde”.
A las 06:19, Irene apareció en el portal, descalza, con la cara seca y la mirada vacía. Dijo que no recordaba dónde había estado. Dijo solo una frase, que apuntamos sin adornos: “He visto mi cara, pero no era yo. Era la que me faltaba”.
El giro: el espejo no muestra otra cara, muestra otra versión
La recuperación de Irene no cerró el caso, lo abrió por el centro. Irene parecía más tranquila que antes, pero también más ajena. Se miró al espejo y el espejo le devolvió su cara real. Andrés respiró. Calatrava anotó. Entonces Irene habló, como quien dicta un acta: “El espejo no miente. Pero tampoco refleja. El espejo elige. Te enseña la versión que tú has alimentado con tus silencios”.
Calatrava, escéptico, le pidió detalles. Irene dijo que en algún lugar que no era lugar había visto un pasillo igual al suyo, pero más largo. A ambos lados había puertas. En cada puerta había un espejo. Y en cada espejo, una cara distinta de ella. Una Irene que se fue de la ciudad. Una Irene que se quedó y tuvo hijos. Una Irene que nunca conoció a Andrés. Una Irene que murió joven. Todas la miraban con una mezcla de burla y ternura. “Y al final”, dijo, “había una Irene que sonreía. Y olía a jabón limpio. Y esa Irene me dijo: deja de esconderte”.
El relato parecía delirio. Pero el espejo, esa misma mañana, hizo algo que sólo hacen los objetos cuando quieren que los creas: devolvió, durante un segundo, la cara de Leonor. No una foto. No un parecido. La cara exacta de la mujer de la libreta. Y Leonor, desde el cristal, asintió como quien confirma una hipótesis.
Calatrava decidió cerrar la investigación policial por falta de delito demostrable. No había secuestro, no había agresor, no había prueba. Sin embargo, pidió a la familia que retirara el espejo de la casa. “No porque sea peligroso”, dijo, “sino porque está haciendo de juez sin togado”. Irene se negó. “Si lo quito”, respondió, “me lo llevo dentro”.
La tercera regla: el espejo se alimenta de nombres
Lo que terminó de dar a esta historia su condición de crónica oscura fue un detalle pequeño, de esos que la ciencia desprecia y la vida confirma. Cada vez que alguien pronunciaba un nombre en el pasillo, el espejo cambiaba de cara. No siempre. No con cualquier nombre. Con nombres cargados. Con nombres que se dicen con saliva pesada.
Andrés pronunció el nombre de su padre. El espejo devolvió al padre. Irene pronunció el nombre de Leonor. El espejo devolvió a Leonor. Doña Pura pronunció el nombre del hombre con el que casi se fue. El espejo devolvió a la Pura joven, la que no se quedó. Clara, un día, pronunció sin querer el nombre de una hermana que murió de niña. El espejo devolvió a una niña de trenzas con diente roto. Clara se derrumbó. No por miedo, sino por reconocimiento. “Era ella”, susurró. “Yo había olvidado el diente”.
El espejo, entonces, no era una cámara. Era un archivo activado por nombres. Un catálogo de caras que la memoria guarda sin permiso. Un objeto que, si lo tratas como decoración, te deja en paz. Pero si lo llamas por su función, te responde.
En la libreta de Leonor, encontramos una frase que lo explicaba sin poesía: “El espejo no cambia. Cambias tú al nombrarte”. Y otra, más dura: “Hay nombres que abren puertas. No los digas cuando estés sola”.
¿Dónde está el crimen?
El lector de esta Gaceta, educado en sucesos, pedirá cuerpo y culpable. Aquí el crimen es más difícil de señalar. No hay cuchillo. No hay disparo. Hay, sin embargo, daño. El daño de devolver a la gente una vida que no vivió. El daño de hacer visibles las renuncias. El daño de poner cara a lo que se enterró por sobrevivir.
El caso del espejo no tuvo muertos nuevos. Pero resucitó muchos. Y eso, para algunas personas, fue peor. Doña Pura dejó de dormir tres noches. Clara pidió la baja en el trabajo. Andrés empezó a tener ataques de pánico en el ascensor. Irene, en cambio, empezó a respirar mejor. “Es como si el espejo me hubiera robado un miedo”, dijo. “O me lo hubiera mostrado hasta cansarlo”.
Calatrava, al cerrar el expediente, dejó una frase en el informe que esta Gaceta obtuvo por vías que no conviene explicar: “Objeto capaz de inducir episodios disociativos, alta sugestión colectiva, posible influencia de trauma”. Si uno lo traduce a lenguaje de calle, dice: el espejo te devuelve lo que no quieres ver.
Epílogo: el espejo y la última cara
Semanas después, esta redacción volvió a la calle Liria. El espejo seguía colgado. Irene nos recibió con una calma que parecía prestada. Nos dejó mirar. Esta vez, el espejo devolvió mi cara. O eso creí. Al fijarme mejor, vi un detalle leve: mi expresión era más cansada y mis ojos más claros. Era yo con una vida más larga o más corta. Era una versión que no conozco. Me dio vergüenza, como si hubiera invadido una habitación privada.
Le pregunté a Irene si el espejo seguía cambiando. Asintió. “Pero ahora cambia menos. Creo que se alimenta de conflicto. Cuando uno decide algo, el espejo se queda sin hambre”. Andrés, desde la cocina, añadió: “Yo ya no me miro. Me afeito en el baño. Es mejor así”. Doña Pura, que apareció con un paquete, soltó: “Yo ya no pronuncio nombres aquí. En el pasillo, solo digo buenos días. Eso es lo que hay que decir en un pasillo”.
Antes de irme, el espejo cambió por última vez. Devolvió un rostro desconocido. Mujer de mediana edad, pelo recogido, ojos que parecían pedir perdón. Irene la miró y dijo: “Esa soy yo si no hubiera vuelto aquella noche”. El rostro asintió. Luego sonrió, como si aceptara que la vida real, con su barro, había ganado. El espejo volvió a ser espejo. Y el pasillo, por fin, volvió a ser pasillo.
¿Qué cree usted que era el espejo de la calle Liria? ¿Un archivo de posibilidades, un artefacto de memoria o una puerta a lo que callamos? Deje su teoría y su testimonio en los comentarios. En La Gaceta del Crimen, cada lector es también investigador.
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